Como cada mañana, marcadas las 6:30, ha de sonar con esa chicharra escandalosa el despertador de Lili, una mujer que ha sus 49 años la costumbre y la monotonía ha hecho presa su vida entre el lavadero y le trapeador.
24 de septiembre del año 2007 y sus horizontes no han cruzado la puerta del zaguán blanco de su casa, su mayor distracción es ir al mercado dos veces por año, salir a las tortillas, con suerte poder ir a la tienda y una visita a la feria en toda su vida.
Ha cruzado la cinta del camisón y sus pies han tocado la suave alfombra de sus pantuflas, señal de que es hora de incorporarse a la actividad habitual y sin demora a paso lento baja las escaleras que la conducirán a su principal centro de labores; la cocina.
Los primeros tintes rosas que se asoman por la ventana, le indican que pronto amanecerá, mientras las heladas gotas de agua la salpican desde el lavadero que comienza a llenar para atender la tanda de ropa que la espera. El bostezo incontenible le arrugan el rostro y el apretón de dientes le recuerdan el sanitario, a donde sin detenerse, mueve sus pies que parecieran jalar cadenas.
Ahí está Lili, con los dedos chuecos por la artritis y los sueños rotos por la enfermedad, tallando de una forma como si intentara desaparecer la ropa, romper su inevitable soledad o únicamente no recordar.
El sol que ya marca las diez, la regresa de su abstracción compulsiva y el bote antes lleno ya solo le resta un par de prendas. Terminada la tarea se dirige al reloj mirándolo como asombro como queriendo descifrar un enigma que solo ella conoce, si logro entender al enemigo está demás, pues el azote de la puerta continua, acaba con su peculiar contemplación.
La mudez de su hermano le dice con un grito que el desayuno aun no esta listo, de prisa marcha a la cocina, enciende el cerillo que prenderá fuego al café, el sartén, los frijoles, la leche y su té.
Sin mirar el reloj, el calor le indica que ya es tiempo de cambiar sus ropas, de lavar el baño, de barrer el piso, de tender la ropa, de secar el patio, de limpiar los muebles, de fregotear los trastos, de entregarle su vida al que hacer las cinco horas contiguas.
Cuando por fin ha culminado su deber, el sonido de la puerta marca las 4 como si fuera un reloj, la llegada del trabajo de su hermana la pone de nuevo en pie y lista para la siguiente jornada.
Calentar la comida, dar de comer a su hermano, lavar los trastes etc. Pero antes un saludo a la vecina, caminar dos calles, pedir un kilo de tortillas serán el resumen de la convivencia del día. De regreso a la cotidianidad, se detiene un momento a la televisión como si esta le hablara solo a ella, interrumpida por el deber, bocado a bocado da la comida a su hermano, provee de orden a la cocina y se asegura de haber concluido con todo el que hacer.
El cucú del reloj de la sala, siempre suena a la seis, signo de que la hora del rock and Roll esta por empezar, acto seguido se reposa cerca de la radio apretando los botones necesarios para sintonizar, mientras el locutor ya ha mandado a la primera canción.
Apacible momento de sesenta minutos y el programa favorito de la tele ha comenzado, toca entonces el turno de mirar y mirar el televisor por las próximas tres horas, perfectamente adecuadas para tomar una merecida siesta.
Marcadas las diez, con el cielo oscuro y los parpados caídos, paso a paso eleva sus pies por los doce escalones que le llevarán a su habitación. Quince minutos después ya no es necesario atar el cinturón del camisón pues la hora de dormir ha llegado, la almohada que cobija los cabellos blancos de Lili cunea con delicadeza su cabeza agotada.
Ya recostada, recoge entre sus manos el tictac de su verdugo, gira con lentitud la cuerda que ha de dar vida a su gallo artificial, que como cada mañana suena y suena hasta hacerla despertar.
24 de septiembre del año 2007 y sus horizontes no han cruzado la puerta del zaguán blanco de su casa, su mayor distracción es ir al mercado dos veces por año, salir a las tortillas, con suerte poder ir a la tienda y una visita a la feria en toda su vida.
Ha cruzado la cinta del camisón y sus pies han tocado la suave alfombra de sus pantuflas, señal de que es hora de incorporarse a la actividad habitual y sin demora a paso lento baja las escaleras que la conducirán a su principal centro de labores; la cocina.
Los primeros tintes rosas que se asoman por la ventana, le indican que pronto amanecerá, mientras las heladas gotas de agua la salpican desde el lavadero que comienza a llenar para atender la tanda de ropa que la espera. El bostezo incontenible le arrugan el rostro y el apretón de dientes le recuerdan el sanitario, a donde sin detenerse, mueve sus pies que parecieran jalar cadenas.
Ahí está Lili, con los dedos chuecos por la artritis y los sueños rotos por la enfermedad, tallando de una forma como si intentara desaparecer la ropa, romper su inevitable soledad o únicamente no recordar.
El sol que ya marca las diez, la regresa de su abstracción compulsiva y el bote antes lleno ya solo le resta un par de prendas. Terminada la tarea se dirige al reloj mirándolo como asombro como queriendo descifrar un enigma que solo ella conoce, si logro entender al enemigo está demás, pues el azote de la puerta continua, acaba con su peculiar contemplación.
La mudez de su hermano le dice con un grito que el desayuno aun no esta listo, de prisa marcha a la cocina, enciende el cerillo que prenderá fuego al café, el sartén, los frijoles, la leche y su té.
Sin mirar el reloj, el calor le indica que ya es tiempo de cambiar sus ropas, de lavar el baño, de barrer el piso, de tender la ropa, de secar el patio, de limpiar los muebles, de fregotear los trastos, de entregarle su vida al que hacer las cinco horas contiguas.
Cuando por fin ha culminado su deber, el sonido de la puerta marca las 4 como si fuera un reloj, la llegada del trabajo de su hermana la pone de nuevo en pie y lista para la siguiente jornada.
Calentar la comida, dar de comer a su hermano, lavar los trastes etc. Pero antes un saludo a la vecina, caminar dos calles, pedir un kilo de tortillas serán el resumen de la convivencia del día. De regreso a la cotidianidad, se detiene un momento a la televisión como si esta le hablara solo a ella, interrumpida por el deber, bocado a bocado da la comida a su hermano, provee de orden a la cocina y se asegura de haber concluido con todo el que hacer.
El cucú del reloj de la sala, siempre suena a la seis, signo de que la hora del rock and Roll esta por empezar, acto seguido se reposa cerca de la radio apretando los botones necesarios para sintonizar, mientras el locutor ya ha mandado a la primera canción.
Apacible momento de sesenta minutos y el programa favorito de la tele ha comenzado, toca entonces el turno de mirar y mirar el televisor por las próximas tres horas, perfectamente adecuadas para tomar una merecida siesta.
Marcadas las diez, con el cielo oscuro y los parpados caídos, paso a paso eleva sus pies por los doce escalones que le llevarán a su habitación. Quince minutos después ya no es necesario atar el cinturón del camisón pues la hora de dormir ha llegado, la almohada que cobija los cabellos blancos de Lili cunea con delicadeza su cabeza agotada.
Ya recostada, recoge entre sus manos el tictac de su verdugo, gira con lentitud la cuerda que ha de dar vida a su gallo artificial, que como cada mañana suena y suena hasta hacerla despertar.
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