jueves, 19 de febrero de 2009

Crónica de una primera cita.

Hacía tiempo que había olvidado el valor y la emoción de una primera cita. Aquella en la que te quedas de ver con la chica o el chico que te gusta y por fin te dio su teléfono.

Sus ojos me tenían idiotizado junto con esa manera de sonreír entre seguro y nervioso, me hacía sentir muy bien. Todo se puso tan cómodo que la verdad no quería que terminara, aunque sin tomar en cuenta mi deseo, el tiempo corrió.

Desde la primera vez que los vi, no pude sacarme de la cabeza sus ojos. Por alguna extraña razón tenía que volverlos a ver, obstinado como siempre soy y con ayuda de la magnifica tecnología conseguí una primera cita.

Y de pronto justo enfrente de mí, al teléfono, estaba él. Mi plan sobre las palabras que diría en cuanto llegará, se desboronaron. Típico, esos planes nunca se logran y que bueno, no hay como una buena y honesta improvisación.

Lo volví a ver un par de ocasiones más en aquel lugar que tanto frecuento. Con algo de alcohol en la sangre, pude romper con las barreras de mi inseguridad y sin saber como fue, hablamos un poco. No sé si su teléfono de primera instancia me lo dio mal o si fue la bebida que no me lo permitió anotar bien, lo único que importa es que pude dar con él.

Sólo recuerdo que lo abracé con el pretexto de su cumpleaños, y le indique hacia donde teníamos que caminar. Su expresión también de incertidumbre, me dio un poco de confianza y caminamos algunas cuadras sin dirección, ya que en realidad mis indicaciones solo fueron una salida rápida a mi nerviosismo.

Desde entonces quise marcarle de inmediato, pero me contuve, solo un par de minutos aclaro, porque sin más ni más, le llamé. Evidentemente no sabía que decir, y mis ideas fueron demasiado confusas como para esconder mi atracción.

Sin saber por qué, ya hablábamos de las dietas, el ejercicio, la comida y del apetito. Ya un poco más tranquilo, aunque sólo un poco, tomamos un taxi con dirección a un lugar en donde pensé podríamos pasarla bien.

Con algunas llamadas más, me decidí y le invité un café. De primera instancia la Zona Rosa fue el lugar acordado. Después de que me baje del coche, nervioso entre la cafeína de la bebida que amablemente me invitaste, caminé hacia él. La roma se convirtió en el lugar perfecto para aquella noche. En el cruce de la calle de no más de quince metros, mis manos temblaban como aquella ocasión en la que por primera vez le dije a una niña que me gustaba.

De ahí hasta los próximos veinte minutos habló por teléfono en lapsos interrumpidos incitado creo yo, por no saber que decir ni que hacer en algo que se supone es una primera cita. Sin saber que hacer, tomaba la propaganda cercana a la mesa, jugaba con el florero, y hasta parecía urgido en ordenar la cena. ¡Necesito ir al baño! Pronuncié, tenía que planear algo rápido o al menos tranquilizarme. Ya dentro de lo que parecía un lugar más seguro, respiré profundo con una exhalación más de excitación que de quietud, me calmé.

Tus últimas palabras antes de descender del auto y tras un apacible abrazo de esos que sólo una amistad sincera y profunda dan, dijiste; “Mucha suerte, de esa que no necesitas”.

La situación comenzó a tomar su camino. Ordenamos y acertadamente preguntó sobre mis actividades del día en cuestión, seguramente para romper el hielo. Sin saber cómo fue que fluyo la conversación las tres horas siguientes, toda ella fue muy especial. La comida riquísima y una copa de vino llamada éxtasis, no podía definir mejor el momento.

Y ahora que lo pienso, es increíble como las cosas pueden cambiar tanto de un momento a otro. Para lo cursi y romántico que soy, la vela, los silloncitos como de la época de mi bisabuela y el aire intelectual que se podía respirar, le dio a todo esto, creo yo, un toque especial. Al menos para mí.

De pronto sentí como si él se hubiese sentido igual que yo. Con algo de reproche miré el reloj y tuvimos que partir. Como obsequio de la noche su tarjeta del metrobus.
Con mucha fuerza retuve las ganas de besarlo, aunque más de una vez estuve a punto de dejarme vencer.


Sí ya sé que estarás diciendo que lo hubiera hecho, pero…

No podía tomarme tantas confiancitas.


La noche fue muy agradable. Y tras una llamada para saber si había llegado bien, llegó un mensaje que no esperaba recibir.


En efecto me quedé pensando en él y hasta una crónica le escribí. Con suerte el soñará con lo que escribió.

martes, 10 de febrero de 2009

Volverás.

La línea de la vida hoy me quiere separar de ti. Pero hoy es un día especial. Te veré después de mucho tiempo de no haberlo hecho. Reviviremos eso que creíamos muerto y recordaremos aquellos tiempos buenos en donde el amor era virtuoso y sano para ambos.

Olvidaremos las penas mayores y menores que algún tercero nos causo. Echaremos en saco roto las advertencias del devenir, y nos concretaremos al presente encarnándonos en la piel, con el rojo vivo de de una pasión constante.

Hoy volveré a verte. Después de mucho tiempo que he esperado por ti. Después de grandes meses de ausencia volverás aquí. En un instante quizá efímero, pero constante en mi mente y en mí ser, retornaras para hacerme vivir un momento más. Para traer a mi memoria la sensación de ahogarme por un minuto y volar a la eternidad en un instante, hoy.

Traerás a mi complejo ser, ardor del que quema y deshace con una dulzura que agobia y que se extraña cuando se despega del alma. Hoy vendrás a mí y ahí estaré. Aguardando el momento preciso para fotografiar tu rostro que jamás olvidé, para olfatear tu primer suspiro, para saborear tu sombra oculta bajo el manto de nuestro misterio, para rencontrarme con el cielo en lo mas profundo de nuestro infierno y volver a experimentar el nacimiento de mi verdadero yo, junto con la muerte de mi verdadero ser.

Esperare a que tus manos toque mi piel delicada y que raspen tus duros hombros la curva de mi delgado cuello, saboreare tu lengua deslizándose por todos los lugares que tú ya conoces, alabare el sexto sentido que tienes para hacerme vivir. Confundirás mi olor con el de una flor, cuando toques mis labios y el sabio rose de mis pétalos cubran de color tu voz, sanaras las heridas del desamparo y el desamor, con tu mirada tierna acabaras por seducirlo todo. Saciaras mi sed con el líquido blanco de tu piel, mordiendo hasta el más sublime sueño, conocerás la caverna más mística, y envidiará el sol el fuego de nuestros cuerpos.

Hoy volverás a verme y me tendrás todo para ti. Despejaras mis dudas pasadas y combinaras tu espíritu con el aventurero sentido común de mi persona, conversaras con mi silencio y gritaré mi sentimiento más fiel.

Tras el agote de mi ultima gota de éxtasis derramada en tu pecho de roca, abrirás el camino confuso que me llevará al paraíso, sentiré la humedad de tu boca en la mía, disfrutaré de tu mejilla junto a mi sien, bajaré donde tu vara me azote y el pecado me soborne para caer a tus pies. Te daré el boleto de entrada al paraíso mojado de mi piel, y te entremeseras con tan solo un beso, soñarás regresar tras un gemido groseramente sutil.

Amarás el dolor a través placer y fundirás tu ser en una sabana blanca, untando en mi cuerpo el más sincero de los pecados, chuparas el jugo vital del amor, restregaré mi cuerpo a tus suaves dedos manipulando tus manos hasta llegar al cielo.

Así entonces amaras haber nacido y morirás habiendo amado. Callaras con un grito de satisfacción la sensación arrancada de una loca pasión, escupirás de terror al miedo, abrazaras a mis hombros tus piernas rectas, y hundirás en mí la espada de tu victoria. Dejarás irte hasta que te topes con mi lengua enjuagando tu sudor en mi boca.

Derrama desengaño sobre mi espalda, elimina el desamor de mi cama, vuelve hoy después de mucho tiempo, ámame hoy, como yo siempre lo he hecho.

lunes, 9 de febrero de 2009

Tic - Tac

Como cada mañana, marcadas las 6:30, ha de sonar con esa chicharra escandalosa el despertador de Lili, una mujer que ha sus 49 años la costumbre y la monotonía ha hecho presa su vida entre el lavadero y le trapeador.

24 de septiembre del año 2007 y sus horizontes no han cruzado la puerta del zaguán blanco de su casa, su mayor distracción es ir al mercado dos veces por año, salir a las tortillas, con suerte poder ir a la tienda y una visita a la feria en toda su vida.

Ha cruzado la cinta del camisón y sus pies han tocado la suave alfombra de sus pantuflas, señal de que es hora de incorporarse a la actividad habitual y sin demora a paso lento baja las escaleras que la conducirán a su principal centro de labores; la cocina.

Los primeros tintes rosas que se asoman por la ventana, le indican que pronto amanecerá, mientras las heladas gotas de agua la salpican desde el lavadero que comienza a llenar para atender la tanda de ropa que la espera. El bostezo incontenible le arrugan el rostro y el apretón de dientes le recuerdan el sanitario, a donde sin detenerse, mueve sus pies que parecieran jalar cadenas.

Ahí está Lili, con los dedos chuecos por la artritis y los sueños rotos por la enfermedad, tallando de una forma como si intentara desaparecer la ropa, romper su inevitable soledad o únicamente no recordar.

El sol que ya marca las diez, la regresa de su abstracción compulsiva y el bote antes lleno ya solo le resta un par de prendas. Terminada la tarea se dirige al reloj mirándolo como asombro como queriendo descifrar un enigma que solo ella conoce, si logro entender al enemigo está demás, pues el azote de la puerta continua, acaba con su peculiar contemplación.

La mudez de su hermano le dice con un grito que el desayuno aun no esta listo, de prisa marcha a la cocina, enciende el cerillo que prenderá fuego al café, el sartén, los frijoles, la leche y su té.

Sin mirar el reloj, el calor le indica que ya es tiempo de cambiar sus ropas, de lavar el baño, de barrer el piso, de tender la ropa, de secar el patio, de limpiar los muebles, de fregotear los trastos, de entregarle su vida al que hacer las cinco horas contiguas.

Cuando por fin ha culminado su deber, el sonido de la puerta marca las 4 como si fuera un reloj, la llegada del trabajo de su hermana la pone de nuevo en pie y lista para la siguiente jornada.

Calentar la comida, dar de comer a su hermano, lavar los trastes etc. Pero antes un saludo a la vecina, caminar dos calles, pedir un kilo de tortillas serán el resumen de la convivencia del día. De regreso a la cotidianidad, se detiene un momento a la televisión como si esta le hablara solo a ella, interrumpida por el deber, bocado a bocado da la comida a su hermano, provee de orden a la cocina y se asegura de haber concluido con todo el que hacer.

El cucú del reloj de la sala, siempre suena a la seis, signo de que la hora del rock and Roll esta por empezar, acto seguido se reposa cerca de la radio apretando los botones necesarios para sintonizar, mientras el locutor ya ha mandado a la primera canción.

Apacible momento de sesenta minutos y el programa favorito de la tele ha comenzado, toca entonces el turno de mirar y mirar el televisor por las próximas tres horas, perfectamente adecuadas para tomar una merecida siesta.

Marcadas las diez, con el cielo oscuro y los parpados caídos, paso a paso eleva sus pies por los doce escalones que le llevarán a su habitación. Quince minutos después ya no es necesario atar el cinturón del camisón pues la hora de dormir ha llegado, la almohada que cobija los cabellos blancos de Lili cunea con delicadeza su cabeza agotada.

Ya recostada, recoge entre sus manos el tictac de su verdugo, gira con lentitud la cuerda que ha de dar vida a su gallo artificial, que como cada mañana suena y suena hasta hacerla despertar.

A tí.

Casi no me aguanto las ganas de llegar acá para contarte lo que ha pasado. Digamos que ni yo me lo explico, pero lo entendí como una de esas sencillas recetas de cocina. Me ha llenado de gozo que casi no puedo con esta excitación que me produce este encuentro.

Y a qué no sabes de quien hablo. Te contaré breve porque ya quiero escupirlo. Me encontraba yo bañando, sí, no te sorprendas, me estaba yo bañando y mientras lo hacia pensaba. Pensaba como siempre lo hago, todo el tiempo, mi cerebro nunca tiene tranquilidad ningún instante, pero bueno te decía, estaba yo bañándome cuando en una de esas reflexiones de la vida que uno hace mientras se talla, con esa agua calientita cayendo por todo el cuerpo, me encontré conmigo.

Así como lo lees, me encontré con el yo que andaba perdido desde hacia mucho tiempo atrás, tanto que ya perdí la cuenta de cuanto fue que paso desde entonces. Al principio me salude con algo de extrañeza, pensé que quizá era solo una ilusión, pero cuando caí conmigo, me di cuenta que se trataba de mipersona. Fue fabuloso, sigo igual que antes y parece que el tiempo no paso en mí, de hecho el tiempo me había asentado bien, como los buenos vinos, maduritos, maduritos.

Me dijo que me extrañaba, y yo no pude ocultar mi emoción. Hacia tanto tiempo que no nos veíamos, así tan de cerca, que ya casi lo olvidaba, pero al verlo, al sentirlo supe que no había nada entre nosotros, nada que nos impidiera estar juntos de nuevo otra vez, y con algo de suerte para siempre.

No quise reclamarle el por qué se fue tanto tiempo, su cara parecía decirme que las cosas a veces así tienen que ser, y ahora lo comprendo perfectamente. De pronto sentí como se igualo al agua y comenzó a resbalar por todo mi cuerpo apoderándose de el. Ya no dijo más y ahora soy todo suyo. No sé porque se fue de mi tanto tiempo, pero reencontrarlo a sido lo mejor que me pudo pasar en este momento. Me devolvió la certeza y la emoción de comenzar sin importar lo que él o yo hayamos hecho de nuestras vidas, me perdonó sin ni siquiera un reclamo y ahora estamos muy tranquilos.

Es mas… hasta decidimos escribirte esta carta, no podíamos dejarte fuera de esta unión. Ojala que tú puedas ser parte de esta nueva etapa que ha desencadenado este reencuentro, sería muy satisfactorio compartirla contigo.

Ahora te tengo que dejar, tenemos muchos planes ya para mañana. Creo que ya no habrá mucho tiempo para hacer lo que antes yo hacia, el me ha recordado una vida que había dejado atrás pero que con muchísimo gusto hemos fraguado continuar.

Las compinches

Según algunos, dejando la imprecisa apreciación a la imaginación, el asesino siempre ha de volver a la escena del crimen. Si yo fuera él, preferiría no moverme de ahí, para evitar sospechas.

De la casa de los recuerdos no quisiera decir lo bastante como para llorar. Y si acaso la descripción es total, aseguro son meras coincidencias de este infame redactor. Mientras miro sus texturas, las paredes callan por temor a ser las cómplices de mi dolor, las mundanas compinches de mi secuestrada historia.

Cuando olvidadizo me aposento en sus rincones, las cosquillas de su burla se disfrazan en profundo eco casi al borde de la locura, mientras sus sabrosas garras se deslizan por debajo de mis plantas hasta hacerme perder la cordura.

Y si estoy solo entre sus celdas, quizá una, quizás dos, las gotitas de sal caen en el ya amargo café. No cuento ni quiero contar y si cuento algo, es mera fascinación por las coincidencias y nada más,

Hojeo el libro de mi sabedor analfabetismo, que siempre disimula bien mi temor fanfarrón, a la par de la lumbre que enciende estas ganas de morir y sorbo a sorbo disfrazo mi dolencia en un delicioso cliché de intelectual.

Por lo general ellas son iguales para mi, aunque el paso de los años le hacen lo que la polilla al ropero viejo de la casa de los recuerdos, mientras escucho imagino a mis amigos los ventrículos que suelen ser mas quietos y tranquilos que esas tres parlanchinas humeantes sin dentición.

Con un ojo espío al captor, el otro prefiere no mirar, más si acaso he de oír prefiero la canción de día de enero para no escuchar. Cuando siento frío me cobijo en mis historias, me recuesto en ilusiones y me caliento con mis fantasías.

La tarde suele ser tan distinta como en mi imaginación las horas del té de Paris, pero es confortable, como todo lo que busco sin hallar, más que la nefasta dialéctica de lo inmortal, de lo que sí se va al tan esperado paraíso de mil colores y frutas frescas.

Su mirada de nuez me explicaba la realidad, su abrazo nuestra perdida inocencia, y la casa, el sigiloso verdugo protector. En aquel lugar el tiempo se detiene, como todo lo que se encuentra ahí. Ella habla con singular emoción que los bellos de mis hombros de erizan como si lo último que quisiera fuera parar, a pesar de su cortes brebaje que difiere del acostumbrado capuchino espumoso de la cafetería casi esquina con mi mundo.

Hoy sin darme cuenta de las cosas, he visto transcurrir decenas de imágenes en mi cabeza como una bonita película de horror, de esas que me gustan y me asustan hasta dejarme enloquecer en una apacible atmósfera de patética ironía e inigualable sinceridad.

Siempre he sabido que huir no es la mejor opción ante un acertijo delicioso por descubrir, pero terrible de enfrentar. A veces las ganas de salir corriendo se combinan con la maldita necesidad de quedarme y continuar, a seguir a perder, a terminar ganando.

Letras muertas

Cuantas líneas no e borrado antes de escribir esta primera.

¿A caso habrá algo interesante que contar? Me pregunto después de la línea anterior, con la zozobra constante de cuál será la palabra que se escriba en seguida de la otra.

De hecho aún sigo sin saber que escribir aun sabiendo que escribo. Es como cuando caminas sin saber a donde irás. Tan sólo con la certeza de que al fin del camino llegarás.

No recuerdo cuando fue que me enamore de ti. El primer recuerdo que tengo, es un pellizco en el antebrazo. Hoy te explayas ante mí como una cascada de jugoso elixir de vida. De un momento a otro te convertiste en la carpeta asfáltica de ese camino al que incluso le dedique años de mi vida.

Contigo le cante al amor. Le reclamé al pasado.
En orgia me entregue a tus formas curvas y erectas, para juntos darle sentido a lo que soy. Me he perdido hasta altas horas de la noche entre tus callejones blancos y paredes negras. He amanecido queriendo descifrar tus múltiples significados.

Me permites el Sodoma en difusos pasajes de felicidades truncas, enamoramientos sin una pisca de recelo, poco me celas sabiendo que soy tuyo. Tuyo cuando estoy arto de todos los que se quieren parecer a ti, a mí amada tú.

Caigo con fatiga a tu merced despiadada. Tú sabes engolosinarme de soberbia para que todos me odien. Sabes subyugar mi libertad atrapando de mí lo más honesto. Dejas para el mundo lo más nefasto de mi persona, tu cobijo es lo único que quiero.

Cuando intento serte infiel, envías la soledad por culpa. Me controlas hasta en pensamiento, y te recompenso haciéndote el amor en burbujas de deseo.

Soy el compinche de tus caprichos y tu mi memoria perdida. En mis excesos eres la sobredosis de placer, en la ternura una fiera esperpento.

Así empieza la historia. Teniendo el final entre mis manos cambiándolo de un momento a otro a mí antojo.

Me enamoré de lo único en lo que jamás debí de haber puesto mis ojos, pero es inevitable sentir el calor de su cuerpo tan pegado al mío como si fuéramos uno mismo. Sus ojos son un torbellino que no puedo detener, son el maleficio de una perdición segura con dirección a ninguna parte.

Promiscuo anochecer

Este sea quizá el final y el principio de una nueva historia que se comienza a escribir.

Justo en el momento en que la vida y la muerte se unen en complot para resucitar lo que no se encuentra del todo perdido, sino que a momento de casi desaparecer, sale de su escondite fugas.

Memorias, sentimientos, actuaciones y sincronizadas situaciones, hacen de una historia, la prueba inédita de que la vida tiene un nombre, número y la etiqueta de quien la posee.

La conexión entre supuestos seres de lo terrenal que se combinan en contra de sus propios destinos, exacerban las virtudes y disfrazan sus auténticos y pérfidos errores que comulgan y se unen entre si.

El cielo hoy no tiene más color que el de la noche. El viento que suena, solo se siente afuera donde la vida no perdona, donde el tiempo fluye igual que aquí. En donde las consecuencias se olvidan de sus causas para después medirse en kilómetros y pesar en toneladas.

Gente que camina sin sentido, como si caminar lo tuviera, personas que sonríen cuando sus ojos han perdido la felicidad en algún cubículo de amor.

¿Pero amor?… Quizá no sea bueno hablar de él. Definirlo sería robarle su esencia natural, como si la esencia se encerrara entre las cuatro paredes de lo natural y como si lo natural se pudiera explicar frente la figura amorfa de cientos de miles de millones de destinos que se ven sin ver y que se miran sin reconocerse siquiera a si mismos.

Deducir entre la nula posibilidad de descifrar algo, como si las cifras no fueran mudas y lograran hablar por si solas, y el hablar no fuera solo una manera de expresar la mudes de los demás sentidos.

Los mismos sentidos que provienen de vivir, como si el sentir no fuera cosa subjetiva capaz de engañar hasta la más sensible de las flores y como si las flores no fueran sino un cursi monumento que sirve de trofeo al que puede amar y por qué no… lastimar.

Lastimar hasta sangrar. Ocasionar heridas en donde no siempre se necesitan lágrimas para afirmarse dignas del dolor, como si el dolor no fuera placer y el clímax de todo sentir. ¿Qué sería del gozo? Sino el sufrimiento que causa su propia ausencia.

Aun más, qué seria de la ausencia, si no el motor de toda reunión. Me resulta irracional la concepción de lo bueno sin lo malo y viceversa, como si lo bueno y lo malo acaso existiera. Conceptos subjetivos que más allá de reales, son la figura espesa de una nube que ha de morir para jamás volver a mirar el cielo que tan prometedor se ofrece a su gozoso captar, y que hoy, es solo oscuro anochecer.

Conocete a ti mismo (Socrates)

Hablaré de ti como sino fuera tu misma voz la que me hace escribir. Diré lo mucho que me molesta tu persona y de lo mucho que amo que nunca te separes de mí. Platicaré de toda esa oscuridad que hay en tu alma y de la magnifica luz que me da tu ser. Confesaré lo mucho que te odio cuando te muestras indiferente a mí sentir. Revelaré tus asquerosas faltas y de las sublimes caricias que a menudo me das. Dejare ver tus defectos en un par de frases mientras que entraño más a fondo tus poderosas razones. Discutiré contigo durante todo el tiempo para reconciliarme siempre a cada segundo. Sabes… Me provocas tanta repulsión que siento que no puedo vivir si te alejaras un sólo instante de aquí. Me has hecho hacer lo que tus caprichos encaran como tu placer, pero después me defiendes como si todo estuviera bien. Detesto la envidia que yo siento cuando te escucho hablar. Cuando me tocas con tus repulsivas formas y me haces el amor. Cuando callas y debieras decir. Me enloquece tu cinismo y me enferma de rabia lo mucho que encanta que lo hagas. Me fascina la forma en que me miras con desprecio, me haces saber que siempre hay más y que nunca es suficiente. Maldigo la hora en que naciste porque se que pronto morirás. Agradezco los besos grises que me ayudan a olvidarte poco a poco. Te odio porque así conocí la forma más pura de amar. Eres indigno entre los dignos. Helado en el verano y demasiado caliente para mí frió corazón. Sanas mis heridas con dolor, y frustras mis ilusiones con tus ideales. Patéticas maneras de ser que me embriagas, las vomito.