Crónica de una primera cita.
Hacía tiempo que había olvidado el valor y la emoción de una primera cita. Aquella en la que te quedas de ver con la chica o el chico que te gusta y por fin te dio su teléfono.
Hacía tiempo que había olvidado el valor y la emoción de una primera cita. Aquella en la que te quedas de ver con la chica o el chico que te gusta y por fin te dio su teléfono.
Sus ojos me tenían idiotizado junto con esa manera de sonreír entre seguro y nervioso, me hacía sentir muy bien. Todo se puso tan cómodo que la verdad no quería que terminara, aunque sin tomar en cuenta mi deseo, el tiempo corrió.
Desde la primera vez que los vi, no pude sacarme de la cabeza sus ojos. Por alguna extraña razón tenía que volverlos a ver, obstinado como siempre soy y con ayuda de la magnifica tecnología conseguí una primera cita.
Y de pronto justo enfrente de mí, al teléfono, estaba él. Mi plan sobre las palabras que diría en cuanto llegará, se desboronaron. Típico, esos planes nunca se logran y que bueno, no hay como una buena y honesta improvisación.
Lo volví a ver un par de ocasiones más en aquel lugar que tanto frecuento. Con algo de alcohol en la sangre, pude romper con las barreras de mi inseguridad y sin saber como fue, hablamos un poco. No sé si su teléfono de primera instancia me lo dio mal o si fue la bebida que no me lo permitió anotar bien, lo único que importa es que pude dar con él.
Sólo recuerdo que lo abracé con el pretexto de su cumpleaños, y le indique hacia donde teníamos que caminar. Su expresión también de incertidumbre, me dio un poco de confianza y caminamos algunas cuadras sin dirección, ya que en realidad mis indicaciones solo fueron una salida rápida a mi nerviosismo.
Desde entonces quise marcarle de inmediato, pero me contuve, solo un par de minutos aclaro, porque sin más ni más, le llamé. Evidentemente no sabía que decir, y mis ideas fueron demasiado confusas como para esconder mi atracción.
Sin saber por qué, ya hablábamos de las dietas, el ejercicio, la comida y del apetito. Ya un poco más tranquilo, aunque sólo un poco, tomamos un taxi con dirección a un lugar en donde pensé podríamos pasarla bien.
Con algunas llamadas más, me decidí y le invité un café. De primera instancia la Zona Rosa fue el lugar acordado. Después de que me baje del coche, nervioso entre la cafeína de la bebida que amablemente me invitaste, caminé hacia él. La roma se convirtió en el lugar perfecto para aquella noche. En el cruce de la calle de no más de quince metros, mis manos temblaban como aquella ocasión en la que por primera vez le dije a una niña que me gustaba.
De ahí hasta los próximos veinte minutos habló por teléfono en lapsos interrumpidos incitado creo yo, por no saber que decir ni que hacer en algo que se supone es una primera cita. Sin saber que hacer, tomaba la propaganda cercana a la mesa, jugaba con el florero, y hasta parecía urgido en ordenar la cena. ¡Necesito ir al baño! Pronuncié, tenía que planear algo rápido o al menos tranquilizarme. Ya dentro de lo que parecía un lugar más seguro, respiré profundo con una exhalación más de excitación que de quietud, me calmé.
Tus últimas palabras antes de descender del auto y tras un apacible abrazo de esos que sólo una amistad sincera y profunda dan, dijiste; “Mucha suerte, de esa que no necesitas”.
La situación comenzó a tomar su camino. Ordenamos y acertadamente preguntó sobre mis actividades del día en cuestión, seguramente para romper el hielo. Sin saber cómo fue que fluyo la conversación las tres horas siguientes, toda ella fue muy especial. La comida riquísima y una copa de vino llamada éxtasis, no podía definir mejor el momento.
Y ahora que lo pienso, es increíble como las cosas pueden cambiar tanto de un momento a otro. Para lo cursi y romántico que soy, la vela, los silloncitos como de la época de mi bisabuela y el aire intelectual que se podía respirar, le dio a todo esto, creo yo, un toque especial. Al menos para mí.
De pronto sentí como si él se hubiese sentido igual que yo. Con algo de reproche miré el reloj y tuvimos que partir. Como obsequio de la noche su tarjeta del metrobus.
Con mucha fuerza retuve las ganas de besarlo, aunque más de una vez estuve a punto de dejarme vencer.
Sí ya sé que estarás diciendo que lo hubiera hecho, pero…
No podía tomarme tantas confiancitas.
La noche fue muy agradable. Y tras una llamada para saber si había llegado bien, llegó un mensaje que no esperaba recibir.
En efecto me quedé pensando en él y hasta una crónica le escribí. Con suerte el soñará con lo que escribió.