domingo, 25 de julio de 2010

LLORAR DE AMOR.

Llorar de amor.
Pensar en el ayer, me permitía soñar en que un día todo habría de cambiar. En ese día en el que el sol saldría para secar todas mis lágrimas y ya no tener que tomar esas pequeñas píldoras que me hacían dormir. Dormir tan largo que mi vida transcurría sin que mi cuerpo tuviera que cambiar de posición
A veces con tan diminutas cosas, podía construir mi propio mundo. Viajar entre pasillos llenos de pegajosas algas del color de mis ojos. Dieciséis horas en el planeta del olvido.
Estaba intentando recoger las últimas gotas que cayeron de mis ojos recordando el ayer. Y fue entonces que con asombro descubrí que habían desaparecido.
Pensé en dónde habían podido quedar todas esas lagrimas que siempre habían venido a mi con tanta facilidad, como un asunto involuntario y de absoluta cotidianidad.
Seguro de haberlas buscado escrupulosamente, me di a la tarea de producirlas nuevamente.
Cerré los ojos, apreté fuertemente los parpados e intenté recordar.
Entonces comencé a recordar todos mis fracasos, los viejos amores, la soledad, el miedo, incluso mi infancia, pero no. Con mucha sorpresa me di cuenta que nada de eso ya me hacia sentir tristeza y mucho menos llorar.
Pique mis ojos, los talle con tal frenesí que no comprendo como es que no tiznaron con alguna lágrima que hubiera calmado mi nuevo temor.
¿A qué lugar habrían emigrado aquellas saladas gotas que me habían acompañado siempre?
Ni siquiera pensarlo las hacia volver.
Y entonces pude recordar.
Al hacerlo, sonreí por la esperanza de sentir su exquisita humedad.
Y entonces pensé… pensé en ser feliz. La añoranza de serlo, era algo que siempre me hacia llorar.
Tome la servilleta que aguardaba a lado mío, la sujete suavemente, la levante y la corrí por encima y debajo de mis ojos. La observe detenidamente después, me acerque a ella como queriendo comerla con la mirada. Lucia espantosamente seca.
Era horroroso, pero no experimente miedo.
Lo comprendí todo, ya era feliz.
Entonces cerré mis ojos y dibuje tu silueta en un hermoso fondo blanco. En ella toque con mis propias manos tu piel inexperta, tome y abrace fuertemente tu cuerpo hasta casi estrujar tu ligera complexión, bese tus labios tan blandos como la espuma de un capuchino y entonces con una ternura que no puedo explicar me dijiste… ¡Por qué lloras!
Aterrado por escuchar eso, abrí los ojos descubriendo mi rostro humedecido.
Lo comprendí todo, llorar siempre ha sido el acto más sublime de mí ser.
Y yo siempre he llorado por amor.
Y entonces lo comprendí todo.
Tú eres el amor.
Te amo.