Según algunos, dejando la imprecisa apreciación a la imaginación, el asesino siempre ha de volver a la escena del crimen. Si yo fuera él, preferiría no moverme de ahí, para evitar sospechas.
De la casa de los recuerdos no quisiera decir lo bastante como para llorar. Y si acaso la descripción es total, aseguro son meras coincidencias de este infame redactor. Mientras miro sus texturas, las paredes callan por temor a ser las cómplices de mi dolor, las mundanas compinches de mi secuestrada historia.
Cuando olvidadizo me aposento en sus rincones, las cosquillas de su burla se disfrazan en profundo eco casi al borde de la locura, mientras sus sabrosas garras se deslizan por debajo de mis plantas hasta hacerme perder la cordura.
Y si estoy solo entre sus celdas, quizá una, quizás dos, las gotitas de sal caen en el ya amargo café. No cuento ni quiero contar y si cuento algo, es mera fascinación por las coincidencias y nada más,
Hojeo el libro de mi sabedor analfabetismo, que siempre disimula bien mi temor fanfarrón, a la par de la lumbre que enciende estas ganas de morir y sorbo a sorbo disfrazo mi dolencia en un delicioso cliché de intelectual.
Por lo general ellas son iguales para mi, aunque el paso de los años le hacen lo que la polilla al ropero viejo de la casa de los recuerdos, mientras escucho imagino a mis amigos los ventrículos que suelen ser mas quietos y tranquilos que esas tres parlanchinas humeantes sin dentición.
Con un ojo espío al captor, el otro prefiere no mirar, más si acaso he de oír prefiero la canción de día de enero para no escuchar. Cuando siento frío me cobijo en mis historias, me recuesto en ilusiones y me caliento con mis fantasías.
La tarde suele ser tan distinta como en mi imaginación las horas del té de Paris, pero es confortable, como todo lo que busco sin hallar, más que la nefasta dialéctica de lo inmortal, de lo que sí se va al tan esperado paraíso de mil colores y frutas frescas.
Su mirada de nuez me explicaba la realidad, su abrazo nuestra perdida inocencia, y la casa, el sigiloso verdugo protector. En aquel lugar el tiempo se detiene, como todo lo que se encuentra ahí. Ella habla con singular emoción que los bellos de mis hombros de erizan como si lo último que quisiera fuera parar, a pesar de su cortes brebaje que difiere del acostumbrado capuchino espumoso de la cafetería casi esquina con mi mundo.
Hoy sin darme cuenta de las cosas, he visto transcurrir decenas de imágenes en mi cabeza como una bonita película de horror, de esas que me gustan y me asustan hasta dejarme enloquecer en una apacible atmósfera de patética ironía e inigualable sinceridad.
Siempre he sabido que huir no es la mejor opción ante un acertijo delicioso por descubrir, pero terrible de enfrentar. A veces las ganas de salir corriendo se combinan con la maldita necesidad de quedarme y continuar, a seguir a perder, a terminar ganando.
De la casa de los recuerdos no quisiera decir lo bastante como para llorar. Y si acaso la descripción es total, aseguro son meras coincidencias de este infame redactor. Mientras miro sus texturas, las paredes callan por temor a ser las cómplices de mi dolor, las mundanas compinches de mi secuestrada historia.
Cuando olvidadizo me aposento en sus rincones, las cosquillas de su burla se disfrazan en profundo eco casi al borde de la locura, mientras sus sabrosas garras se deslizan por debajo de mis plantas hasta hacerme perder la cordura.
Y si estoy solo entre sus celdas, quizá una, quizás dos, las gotitas de sal caen en el ya amargo café. No cuento ni quiero contar y si cuento algo, es mera fascinación por las coincidencias y nada más,
Hojeo el libro de mi sabedor analfabetismo, que siempre disimula bien mi temor fanfarrón, a la par de la lumbre que enciende estas ganas de morir y sorbo a sorbo disfrazo mi dolencia en un delicioso cliché de intelectual.
Por lo general ellas son iguales para mi, aunque el paso de los años le hacen lo que la polilla al ropero viejo de la casa de los recuerdos, mientras escucho imagino a mis amigos los ventrículos que suelen ser mas quietos y tranquilos que esas tres parlanchinas humeantes sin dentición.
Con un ojo espío al captor, el otro prefiere no mirar, más si acaso he de oír prefiero la canción de día de enero para no escuchar. Cuando siento frío me cobijo en mis historias, me recuesto en ilusiones y me caliento con mis fantasías.
La tarde suele ser tan distinta como en mi imaginación las horas del té de Paris, pero es confortable, como todo lo que busco sin hallar, más que la nefasta dialéctica de lo inmortal, de lo que sí se va al tan esperado paraíso de mil colores y frutas frescas.
Su mirada de nuez me explicaba la realidad, su abrazo nuestra perdida inocencia, y la casa, el sigiloso verdugo protector. En aquel lugar el tiempo se detiene, como todo lo que se encuentra ahí. Ella habla con singular emoción que los bellos de mis hombros de erizan como si lo último que quisiera fuera parar, a pesar de su cortes brebaje que difiere del acostumbrado capuchino espumoso de la cafetería casi esquina con mi mundo.
Hoy sin darme cuenta de las cosas, he visto transcurrir decenas de imágenes en mi cabeza como una bonita película de horror, de esas que me gustan y me asustan hasta dejarme enloquecer en una apacible atmósfera de patética ironía e inigualable sinceridad.
Siempre he sabido que huir no es la mejor opción ante un acertijo delicioso por descubrir, pero terrible de enfrentar. A veces las ganas de salir corriendo se combinan con la maldita necesidad de quedarme y continuar, a seguir a perder, a terminar ganando.
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