martes, 2 de marzo de 2010


¿Qué hora es?
La cama era lo suficientemente grande como para soñar sin siquiera tener que usarla para dormir. Sin embargo el baño aunque enorme, no lo pude usar para limpiar una sola de mis culpas.
Hacia buen tiempo que en un mismo día no veía venir tantos recuerdos, tantos momentos que sin darme cuenta, aún quedan por reflexionar.
Como una catarsis me vuelvo a preguntar el por qué de muchas cosas y me asusta el no encontrar tan ansiadas respuestas.
Por la mañana amaneces en una cama a la que nunca pensaste llegar. Se deslizan por tu cuerpo unas manos que no has leído, se apoderan de tu boca unos labios que no has probado, se clavan en tus ojos miradas que no descifras.
Hace años me postre frente a ti en un acto de verdadera compasión por mi persona.
Te pedí aquello de lo que insistes separarme.
Te roge por lo que estúpidamente aleje de mí, por el error que pago en cada uno de esos amaneceres fríos de hotel.
Te implore por lo que ahora me vomitas en asquerosas sobras de placer.
¿Por qué?
¿De verdad me he portado tan mal que no alcanzo un poco de tu misericordia?
De esa que se supone que les das a los que creen en ti.
Sí…
Ya sé que dirás que nada tienes tú que ver con mis problemas y con los enredos en los que yo mismo me meto y muy probablemente tienes razón.
Si no fuera porque te lo he pedido tantas veces.
La reputación de esos lugares es tan oscura como la mía. La escoria de los placeres se derrite del sillón al tocador y de la cama al espejo que refleja solo sombras.
El descaro es total…
El pudor; un manojo de triques inservibles y la vergüenza un hipotético pensamiento conservador.
Así he visto navegar dulces y amargos recuerdos entre mi piel.
Serpientes que muerden y alacranes que agujeran mis sentidos.

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