martes, 2 de marzo de 2010

Mujer de múltiples nombres… Karina.

Brindo por todos los que estamos y no están. Por todos los presentes y de por los cuales hoy me siento muy feliz. Brindemos por el amor y tu amistad, por las personas que amamos y que se fueron y los otros que se quedaron.

Brindo por la mujer de mis escritos. Por la de mujer tacones altos, bolsas caras y restaurantes lujosos.
Por ella la más valiente que conozco.

Por ti que te reencontraste en Paris cuando te olvidaron, la que duerme en un tren de Alemania con un solo Euro en su bolsillo, la abandonada en Milán.

La misma que recogió las boronas de un amor y su desilusión en la cama de un costoso hotel de las vegas.

Brindo por las decenas de café que han escuchado nuestros planes y nuestras alegrías, por las botellas de alcohol en las que hemos ahogado nuestras penas de amor. Brindo por ti mujer de
París que se que jamás me dejaras. Por la abogada corazón de piedra que llora por vivir en un mundo de hombres, que se frasea en utopías platónicas de un mundo impensable.

Formulamos nuestra historia de vida.

Brindo por la socia y nuestros aires de grandeza, por nuestros negocios y la promesa de una vida llena del dinero que no necesitamos y que tanto nos gusta, por esos cerdos que somos cuando fraguamos un éxito seguro en beneficio solo de nosotros dos.

Extraordinario como una persona puede ser el espejo en donde me gusta reflejar. En donde gusto regocijarme con el cristal que me deja ver y conocer más de mí que nunca. Te pones los tacones que siempre me negaré a usar.

¿Y es que será así siempre, o solo será un regalo de la vida, del destino como tú lo llamas?

Increíble es cuando de tu voz salen los pensamientos que me niego a expresar por temor al deber hacer, a salirme de esos esquemas sociales de los cuales me ato cada mañana y me rebelo todas las noches.

¿Qué sería hoy de mí, si a caso podría preguntármelo, sino fuera por todas esas preguntas que a menudo me hago y no titubeas en contestar?

Dímelo tú.

A placer puedo pasar esas tardes merodeando entre discursos que no son del todo nuestros, algunos sí, para entender lo que verdaderamente nos hace feliz.
Tú me haces feliz.

Charlas de un nivel que solo tú y yo entendemos, cosas que los inquilinos de la mesa de enfrente jamás podrán.

Esa la magia de la conversación nuestra.

Brindo por ti, por mí. Por los dos.

Por la magia.

Por la mujer de París.
Tanta soberbia que se puede desprender en una sola bocanada de cigarrillo.
Vanidades que sin fuerza de voluntad serian impensables.

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